jueves, 3 de abril de 2014

PAU 2010


“Pero el argumento más fuerte contra la intervención de la colectividad en la conducta puramente personal es que, cuando interviene, es muy probable que lo haga mal y fuera de lugar. Sobre cuestiones de moralidad social, de deberes para con los demás, la opinión del público (es decir, la de la mayoría dominante), aunque a menudo es incorrecta, aún con más frecuencia suele ser correcta, ya que en tales cuestiones el público no hace más que juzgar sus propios intereses, es decir, de qué manera le afectaría un determinado tipo de conducta, si se permitiese su práctica. Pero la opinión de una mayoría impuesta como ley a la minoría, cuando se trata de la conducta personal, es tan probable que sea correcta como incorrecta, pues en tales ocasiones «opinión pública» significa, en el mejor de los casos, la opinión de unos cuantos sobre lo que es bueno o malo para otros; y, muy a menudo, ni siquiera eso significa, pues el público, pasando por alto con la más perfecta indiferencia el placer o la conveniencia de aquellos cuya conducta censura, no considera más que su propia preferencia. Existen muchas personas que consideran como una ofensa contra ellas cualquier conducta que no les place, teniéndola por un ultraje a sus sentimientos; como aquel fanático religioso que, acusado de tratar con desprecio los sentimientos religiosos de los demás, respondía que eran ellos los que trataban los suyos con desprecio al persistir en su culto o credo abominable. Pero no hay paridad alguna entre el sentimiento de una persona hacia su propia opinión y el de otra que se sienta ofendida porque se profesa esa opinión; como tampoco la hay entre el deseo de un ladrón de coger una bolsa y el deseo que su poseedor legítimo tiene de conservarla. Y las preferencias de una persona son tan suyas como su opinión o su bolsa.”

                                    John Stuart MILL. Sobre la libertad, IV

 

1. Explique brevemente —entre cincuenta y ochenta palabras— las ideas principales del texto y cómo aparecen relacionadas en el mismo. [2 puntos]

En este fragmento de Sobre la libertad, John Stuart Mill hace una defensa a ultranza de la libertad personal en los asuntos privados.  En los asuntos sociales, la sociedad tiene derecho a intervenir en el comportamiento del individuo, sabe si puede perjudicar sus intereses. No obstante en asuntos privados, el individuo es amo de su comportamiento igual que es dueño de su propia opinión o su propio dinero.  El coercitivismo moral de algunos individuos fanáticos es nefasto, porque la injerencia no se hace en vistas a la felicidad del individuo en cuestión, sino desde la soberbia. (96 palabras)

2. Explique brevemente —entre cinco y quince palabras en cada caso— el significado que tienen en el texto las palabras o expresiones siguientes: [1 punto]

a) «conducta puramente personal»:   asuntos privados que no implican a la colectividad

b) «paridad» :    igualdad de valor, equivalencia

 
3. Explique por qué Mill piensa que es preciso poner límites a la intervención de la colectividad en la conducta personal y sobre qué base considera que deben establecerse dichos límites. (En su respuesta, debe referirse a los aspectos del pensamiento de Mill que sean pertinentes, aunque no aparezcan explícitamente en este texto.) [3 puntos]


Defensa de la libertad y del individuo y sus límites

Mill es un gran defensor de la libertad del individuo.  ¿Hasta dónde la sociedad puede ejercer autoridad sobre él?  ¿Y hasta qué punto una persona es libre de hacer lo que le plazca?  La libertad del individuo tiene como límite los derechos de los demás, responde Mill.  El mero hecho de vivir en sociedad implica una serie de deberes para el individuo :

  1. El deber de no perjudicar los intereses de otro
  2. El deber de participar en la protección de la sociedad.

Ahora bien, si el individuo no perjudica los intereses de los demás, ni falta a su deber de participar en la protección de la sociedad, es decir, cuando actúa en el terreno de lo puramente personal y no de lo social, nadie tiene derecho a inmiscuirse en sus asuntos privados, ni obligarle a comportarse de determinada manera.

Contra el moralismo coercitivo

Algunas personas tienen tendencia al moralismo coercitivo.  Son fanáticos morales, parecidos a los fanáticos religiosos.  Se creen en posesión de la verdad, del mismo modo que los fanáticos religiosos se creen en posesión de la única religión verdadera.  Unos pretenden imponer su religión, su fe, a los demás; los otros pretenden imponer sus valores morales a los demás. Creen que tienen no sólo el derecho, sino incluso el deber de inmiscuirse en el comportamiento de los demás y obligarles a la virtud.   En cambio, Mill piensa que nadie está autorizado para decir a otra persona de edad madura que no haga con su vida lo que más le convenga, en sus asuntos privados.  “Él mismo ha de ser el juez supremo.”

Análisis de la respuesta a la pregunta en el texto

¿Qué argumentos utiliza Mill para defender esta postura en este texto?  En este texto Mill da el argumento siguiente : Cuando las personas opinan sobre un asunto que les afecta, su opinión suele ser correcta con frecuencia, porque conocen bien sus propios intereses.  En cambio cuando las personas opinan sobre asuntos que incumben a los demás y que a ellos no les afectan, tienen tantas posibilidades de estar equivocados como de ser correctos, porque no toman en cuenta el interés del propio individuo afectado, sino su propia opinión caprichosa. La opinión no tiene consecuencias para el que opina.  Y cuando opinamos sobre cuestiones que no nos afectan somos mucho menos rigurosos, nuestras opiniones son mucho menos acertadas, porque no acarreamos con las consecuencias de nuestros errores.

Los argumentos contra la injerencia

Mill, en su obra, da muchos otros argumentos contra la injerencia en asuntos privados.  Dice que cuando un individuo cae en un comportamiento reprobado por la sociedad y donde ella tiende a inmiscuirse, la sociedad ha de reconocer su propio fracaso en la educación de este individuo, sobre el cual ha tenido autoridad absoluta durante su infancia.  Otro argumento es que la injerencia injusta de la sociedad es peligrosa, porque puede resultar contraproducente : anima a aquella persona a reivindicar su conducta dudosa y justifica que se alce contra esa sociedad que no respeta su libertad y lo oprime.  Tampoco se puede justificar el inmiscuirse en asuntos privados, para que los individuos que tienen comportamientos dudosos no den mal ejemplo.  De hecho, dan muy buen ejemplo, ya que ponen de manifiesto las consecuencias penosas de los comportamientos viciosos. 

Defensa de la originalidad

Mill defiende la espontaneidad y la singularidad humanas. Piensa que los innovadores han sido siempre considerados como personas raras inicialmente, pero luego la sociedad ha reconocido su mérito. No todas las personas extravagantes son vanguardistas.  No obstante la singularidad, las diferencias individuales, son riqueza social.  La sociedad debe respetar al máximo la diversidad de opiniones y formas de vida.

Conclusión

En definitiva, la dictadura moral es un principio inadmisible, según Mill.  Viola la libertad; no reconoce derecho alguno al individuo, excepto el de mantener sus opiniones en secreto.  Justifica las persecuciones; incluso las exige.  La ética de Mill es una vibrante defensa de la libertad del individuo, de la tolerancia y el respeto.  Mill valora la espontaneidad y la singularidad humanas.  Combate la opresión moral de la sociedad victoriana de su época.


    4. Compare la concepción de Mill de lo que hace que una sociedad sea justa con alguna otra concepción de lo que hace que una sociedad sea justa que pueda encontrarse en la historia del pensamiento occidental. [2 puntos]

Compararé la concepción de la justicia de Mill con la de Platón.

            Lo que hace que una sociedad sea justa, para Mill, es que el sistema promueva la máxima felicidad, es decir, la libertad y el bienestar de la mayor parte de las personas, si es posible de todas.  Mill considera que la democracia es el sistema más justo.  Mill defiende la libertad de conciencia y de expresión total.  Rechaza la censura.  En una democracia, ¿por qué temer la libertad de expresión?  Si una idea es errónea, el debate acabará por poner de manifiesto su falsedad.  Mill piensa que el libre debate público de ideas acelera el progreso social, es decir, contribuye a la máxima felicidad.  Mill defiende la educación del pueblo, el sufragio universal, incluyendo el derecho al voto de las mujeres, la libertad de expresión, una prensa libre, una oposición política libre, etc.

Para Mill, una sociedad justa debe estar basada en el socialismo liberal.  Es decir, por un lado, defiende el mercado libre, la economía liberal.  Pero, por otro lado, defiende la intervención del Estado para impedir que el ejercicio de la libertad de unos ponga en peligro la seguridad de todos.  Mill rechaza la miseria inútil, la libertad del fuerte de aplastar al débil, la libertad del rico de explotar al pobre.  Mill acepta el liberalismo económico; pero pretende corregir los efectos perversos del libre mercado, con una política socialista.  Mill defiende que el Estado proteja a los débiles, los trabajadores, que fueron aplastados en aquel siglo de la revolución industrial y el capitalismo salvaje.  Mill desea que el Estado recaude impuestos, redistribuya la riqueza, inspeccione el trabajo, asegure la dignidad de las condiciones de trabajo en los talleres y las fábricas, aumente los salarios más bajos, etc. 

Podemos comparar el concepto de justicia de Mill con el de Platón.  Para Platón, lo que hace que una sociedad sea justa es que cada individuo pertenezca a la clase social que le corresponde por su tipo de alma y sobre todo que cada clase social se dedique a lo que le es propio sin inmiscuirse en las funciones de otra clase.  Platón es clasista y rechaza la libertad que tanto defiende Mill.  Platón divide su sociedad ideal en tres clases nítidamente separadas: artesanos y labradores, guerreros y filósofos gobernadores.  El poder y la toma de decisiones queda en manos de los filósofos; la tarea de proteger el Estado en manos de los guardianes.  El pueblo de artesanos y labradores se ve totalmente despojado del poder.  Platón rechaza la democracia –que Mill defiende-  y defiende una aristocracia del saber.  Nadie es libre en su sociedad: los individuos son encajonados en la clase que supuestamente les corresponde psicológicamente.  Los concupiscentes quedan en la clase más baja, los irascibles en la clase de los guerreros y los racionales en la clase de los gobernadores filósofos.

Platón, a diferencia de Mill, no se preocupa de la educación de la clase baja, mayoritaria, ni justifica cómo va a garantizar la meritocracia y la movilidad entre las clases.  Es muy clasista.  Mill en cambio, intenta reducir la distancia entre las clases y poner el poder al alcance de todos. Piensa que todo el pueblo ha de estar representado en las cámaras legislativas.   Para Mill, en la democracia la educación es fundamental. 

Platón acepta que las mujeres puedan participar plenamente de la vida social solo en la clase de los gobernadores, en cambio Mill defiende el sufragio universal y la igualdad de derechos de la mujer.

Evidentemente Platón rechaza la libertad de expresión y la oposición política.  Su sistema es autoritario.  Diseña una sociedad cerrada, que ha sido calificada por algunos teóricos (como Popper) como una sociedad totalitaria.  Su rechazo de la libertad de expresión llega incluso hasta pretender expulsar a los poetas de su polis ideal, para que no difundan ideas inmorales sobre los dioses, describiéndolos como violentos, mentirosos o arbitrarios.  Platón es lo que Mill llamaría un moralista coercitivo.  Pretende que unos pocos, los filósofos, impongan a los demás su criterio personal.  El sacrificio de la maravillosa mitología griega, por parte de Platón, es una auténtica barbaridad.  Mill no solo defiende la libertad de expresión que siempre contribuye al progreso social, sino que considera el arte como algo que proporciona placer cultural.  Expulsar a los poetas de la polis sería una medida injusta y desgraciada para Mill.

En el plano económico, Platón propone que la clase que posee el poder sea pobre y austera; en cambio, que la gran mayoría, despojada del poder, disponga de las riquezas de esta sociedad, lo cual es evidentemente absurdo.  En cambio Mill defiende el liberalismo económico moderado por un socialismo asegurado por el Estado. 

La utopía de Platón era inaplicable.  Platón fracasó en todos sus intentos de promover el despotismo ilustrado, en sus  viajes a Sicilia.  En cambio Mill defendió su modelo de justicia en el Parlamento británico.  Actualmente en cierto sentido nuestro sistema es milliano.  Tenemos un sistema de economía mixta. Y personalmente yo querría que el Estado, en lugar de hacer recortes, limitase más los efectos perversos del mercado.

En definitiva, Mill y Platón diseñan sociedades diametralmente opuestas. Uno defiende la libertad, el otro el autoritarismo.  Sólo coinciden en parte en su feminismo. 

 

5. Explique si está de acuerdo o en desacuerdo con la siguiente afirmación: «La opinión de la mayoría no puede nunca imponerse como ley a una minoría». Razone la respuesta.
[2 puntos]

 
            Esta afirmación tiene sentido en algunos terrenos, es incorrecta en otros.  Hay efectivamente campos en que la opinión de la mayoría nunca puede imponerse como ley a una minoría. 

En el campo de la ciencia, la opinión de la mayoría no puede imponerse.  Por ejemplo, los cosmólogos de la Edad Media y el Renacimiento nunca debieron imponer su geocentrismo mayoritario al heliocentrismo minoritario de algunos filósofos como  Giordano Bruno o cosmólogos como Galileo.  Las ideas científicas cobran su validez a partir de la experimentación y la matematización.  Las leyes científicas no responden a la regla de la mayoría. 

            En el campo de la religión, tampoco tiene sentido que se imponga la opinión de la mayoría.  Aunque la mayoría de las personas en una sociedad pertenezcan a una religión, otras pueden adoptar creencias diferentes. 

            En el campo del arte, la mayoría puede seguir una corriente artística.  Sin embargo, pueden surgir ideas artísticas originales, minoritarias, pero muy valiosas.  El arte es justamente el terreno donde siempre acaban surgiendo nuevas minorías que triunfan.

En el campo de las opciones de vida, somos evidentemente libres y no tenemos porque someternos a la opinión de la mayoría.  Aunque la mayoría de las personas prefieran una vida tranquila, algunas pueden elegir una vida de aventura.  Aunque la mayoría piense que lo mejor es casarse y tener hijos, algunos pueden elegir permanecer solteros y no formar una familia.  Aunque la mayoría piensen que la vida mundana es maravillosa, una minoría puede preferir entrar en una orden religiosa y retirarse del mundanal ruido y vivir en un monasterio.  Aunque la mayoría opine que es mejor no fumar, una minoría puede elegir fumar, etc.

Ahora bien, en el campo de la política, cuando en un grupo no existe unanimidad en cuanto a las decisiones que hay que tomar, hay que resolver la cuestión según la regla de la mayoría. Si hay que elegir un gobierno, debe ser el gobierno de la mayoría. Pero no debemos dejarnos llevar por la regla de la mayoría sin limitarla.  Si sistemáticamente dominara la mayoría, la democracia sería la dictadura de la mayoría.  Pero no debe ser así.  El dominio de la mayoría tiene un límite: debemos respetar siempre los derechos humanos. La democracia debe permitir la preservación de las minorías, culturales,  religiosas, políticas, lingüísticas, étnicas, etc.  Hay una infinidad de mecanismos que sirven para evitar aplastar a las minorías: debates, negociaciones, acuerdos, consensos -mecanismos que permiten defender los derechos de las minorías.

De hecho, la mayoría pocas veces existe.  Lo que llamamos  mayoría no es más que un agregado de minorías, que circunstancialmente coinciden y operan juntas.  La sociedad es un enjambre de minorías en compleja interacción.  Ésta es la gracia de nuestra sociedad pluralista.   Y, como bien lo ha visto John Stuart Mill,  lo fundamental es que se sacrifique lo menos posible la libertad, la singularidad y la espontaneidad e incluso la extravagancia de los individuos.

 

PAU 2009


“Las preguntas sobre los fines son preguntas sobre qué cosas son deseables. La doctrina utilitarista es que la felicidad es deseable, y que es la única cosa deseable como fin […]. La única prueba que se puede dar de que un objeto es visible es que la gente efectivamente lo ve. La única prueba que es posible ofrecer de que un sonido es audible es que la gente efectivamente lo oye. Y lo mismo ocurre con las otras fuentes de la experiencia. De la misma manera, supongo yo, la única evidencia que puede alegarse para mostrar que una cosa es deseable es que la que gente efectivamente la desea. […] La única razón que puede darse de que la felicidad es deseable, es que toda persona, en la medida en que la cree alcanzable, desea su propia felicidad. Ahora bien, siendo esto un hecho, no sólo tenemos toda la prueba que es posible dar en este caso, sino toda la prueba que es posible exigir de que la felicidad es un bien: que la felicidad de cada persona es un bien para esa persona, y que, por tanto, la felicidad general es un bien para la suma de todas las personas. La felicidad adquiere un título legítimo de ser uno de los fines de conducta y, por consiguiente, uno de los criterios de la moral. Pero con esto todavía no se ha probado que sea el único criterio. Para ello, parece necesario mostrar que la gente no sólo desea la felicidad, sino también que nunca desea otra cosa. Ahora bien, es evidente que la gente de hecho desea cosas que, según el lenguaje ordinario, son decididamente distintas de la felicidad. Desean, por ejemplo, la virtud y la ausencia de vicio […].”

                                                                                            John Stuart MILL, El utilitarismo

 


1. Explique brevemente las ideas principales del texto y cómo aparecen relacionadas (entre cincuenta y ochenta palabras). [2 puntos]

En este fragmento de El Utilitarismo, John Stuart Mill introduce un matiz en el utilitarismo.  Si acudimos a la experiencia (Mill es empirista), observamos que el fin de la acción humana, es decir, aquello que desean de facto las personas, es la felicidad.   Basándonos, pues, en la experiencia, podemos afirmar el principio general de la ética utilitarista : el bien es la felicidad; luego el mayor bien es la felicidad del mayor número de personas.  Pero Mill plantea una objeción a ese utilitarismo simplista: la felicidad no es el único fin al que tiende la acción humana.  Hay más fines, entre los cuales Mill menciona aquí la virtud. (103 palabras)

 

2. Explique brevemente el significado, en el texto, de las siguientes palabras o expresiones (entre cinco y quince palabras en cada caso):

[1 punto]

a) «felicidad» : el bien que desean las personas, placer y ausencia de dolor

b) «criterio de la moral» : norma para decidir qué está bien y qué está mal; para Mill, aquello que promueve la felicidad general


3. Explique cómo intenta justificar John Stuart Mill que la felicidad general es él único fin de la conducta. Haga referencia a los aspectos del pensamiento de Mill que sean pertinentes, aunque no aparezcan explícitamente en el texto.

[3 puntos]

 
  1. Buscar primero la respuesta en el texto. Análisis del texto.
Mill intenta justificar que la felicidad general es el único fin de la conducta con una serie de argumentos.  En primer lugar, Mill acude a la experiencia, porque es empirista tanto en su teoría del conocimiento como en su ética.  ¿Qué es lo que la experiencia nos enseña en el campo de la ética?  Que cada individuo busca, desea, tiende hacia y considera como su bien, la felicidad.    En segundo lugar, Mill acude a la inducción.  Podemos afirmar generalizando, que el fin último de la acción humana es la felicidad y que el máximo bien, el Bien con mayúscula, es la máxima felicidad, la Felicidad de todos.  El utilitarismo es una especie de hedonismo social.  Es bueno (útil) aquello que promueve la Felicidad general, que hace que todos o la mayor cantidad posible de personas sean felices y que la mayor cantidad posible de personas sufran lo menos posible.  El utilitarismo es una aritmética de placeres que hay que sumar y dolores que hay que restar.  La felicidad es el fin de la acción humana y constituye el criterio de moralidad.

  1. Ir más allá del texto para solucionar la pregunta

Ahora bien, este texto no soluciona el problema, no dice que la felicidad sea el único fin que persiguen las personas. Sólo dice que es el fin.  La experiencia nos muestra más bien que la gente desea también otras cosas.  Algunas personas desean ser virtuosas.  Mill va a solucionar esta aparente contradicción del modo siguiente.  La virtud no es un medio para alcanzar la felicidad, sino que es la felicidad misma; es parte de la felicidad.  La persona que es virtuosa, no es que prefiera ser virtuosa y sufrir antes que ser feliz, sino que es feliz siendo virtuosa. El altruismo es una fuente de felicidad.  No hay, en el fondo, contradicción alguna.  La felicidad no es un fin abstracto, separado de los demás fines.  Es un conglomerado de fines. Por lo tanto, la felicidad general es el único fin de la conducta.


 Algunos pueden ser felices obteniendo dinero, poder o fama.  Otros siendo virtuosos.  Lo que hace la virtud moralmente valiosa es que aumenta la suma de la felicidad general, porque el que es virtuoso (bondadoso, moral) se interesa por los demás, se solidariza con ellos, contribuye a la felicidad de los demás.  En cambio otros fines pueden ser nocivos para los demás; es decir, aunque hagan feliz al que los alcanza, pueden disminuir la suma de la felicidad general.  Mill va más allá del utilitarismo de Bentham y propone un utilitarismo altruista.


Los otros fines pueden ser nocivos, pero no necesariamente.   Debemos recordar que Mill es un acérrimo defensor de la libertad.  Si la acción de una persona no perjudica a los demás, ni le impide proteger la sociedad, cada individuo puede buscar la felicidad como le dé la gana, puede definir la felicidad a su manera.  Una persona puede ganar dinero moralmente, si no explota, ni exprime a los demás.  Mill defiende el liberalismo económico si el Estado limita las perversiones del mercado. Una persona puede desear y ejercer moralmente el poder, si es elegido democráticamente, si no oprime, ni perjudica a la mayoría; si promueve la máxima felicidad.  Una persona puede desear la fama y ser famosa, si lo hace haciendo felices a los demás, a través del arte, por ejemplo.  Así, pues, la felicidad es, efectivamente, el único fin general.

 
  1. Párrafo de conclusión
En definitiva, Mill defiende el utilitarismo (la máxima felicidad), pero un utilitarismo altruista, un utilitarismo cualitativo (donde privilegia los placeres mentales sobre los placeres físicos) y, además,  defiende la máxima libertad del individuo. 

 

4. Compare la concepción de John Stuart Mill de la moral (o de aquello que hace que una acción sea buena) con alguna otra concepción de la moral que pueda encontrarse en la historia del pensamiento.

[2 puntos]

 
La concepción de la moral de KANT es diametralmente opuesta a la de Mill.

Aquello que hace que una acción sea buena para Mill es que promueva la felicidad, si es posible, la máxima felicidad de la máxima cantidad de personas. 

 
Para Kant, este criterio es el peor posible.  Para Kant aquello que hace que una acción sea buena es que sea cumplida por deber.  La ética kantiana gira sin cesar en torno al deber; es una ética deontológica.  El deber moral se expresa en un imperativo, una orden fundamental, categórica, es decir, necesaria, universal y absoluta.  El imperativo categórico tiene varias formulaciones.  La primera es : obra según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne en ley universal.  La segunda es : obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, también como un fin y nunca solamente como un medio.  Es decir, para Kant aquello que hace que una acción sea buena es que yo pueda desear que cualquier otra persona haga lo mismo; y que tome al otro no como un mero medio para alcanzar mis objetivos, sino como un fin, es decir, que lo trate a él y a mí mismo con humanidad.

 
Ahora bien, que eso me vaya a hacer feliz o no, no tiene, para Kant, ninguna importancia.  El papel de la ética no es hacer feliz al sujeto, sino, en todo caso, hacer que sea digno de ser feliz.  El sujeto racional debe obrar moralmente, no por temor al castigo, ni por afán de obtener ningún premio, como la felicidad.  Sino por deber racional y por tener una voluntad pura.  La única satisfacción que puede esperar es la satisfacción del deber cumplido.

 
Kant rechaza el hedonismo (y, por ende, el utilitarismo).  El utilitarismo es una ética material, hipotética y empírica; en definitiva lo peor, para Kant.  Una ética debe ser, por el contrario, formal, categórica y racional.  En los sentimientos (felicidad o infelicidad) no se puede, ni se debe confiar.  Los sentimientos representan lo patológico, las pasiones enfermizas del sujeto.  Si obedecemos a las pasiones, somos capaces de cualquier barbaridad.  Solamente la Razón (pura práctica) puede garantizar la virtud –único fin de la moral.

  

5. Explique si está de acuerdo o en desacuerdo con la siguiente afirmación: «En cada momento estoy moralmente obligado/obligada a hacer aquella acción que, entre todas las acciones posibles que yo puedo hacer, es la que más contribuye a la felicidad general». Razone la respuesta.  [2 puntos]

 

A.    POSICIÓN MODERADA, DANDO EN PARTE LA RAZÓN A LA FRASE

 
La afirmación de que en cada momento una persona está moralmente obligada a hacer la acción que más contribuye a la felicidad general es evidentemente una exageración.  Hay muchos momentos privados donde una persona tiene derecho a hacer aquello que le hace feliz personalmente sin pensar en los demás.  Por ejemplo, escuchar música, hacer deporte o hacer el amor. No contribuye a la felicidad general sino sólo a la felicidad de unas pocas personas: a la suya propia, a la de su novio, a la de su equipo deportivo, a la del vendedor de equipos de música, etc.  No podemos pasarnos la vida sacrificándonos por la humanidad, con H mayúscula. Tenemos derecho a disfrutar de la vida, contribuyendo a nuestra propia felicidad y la de nuestros allegados.


Ahora bien, es verdad que no podemos quedarnos encerrados en el egoísmo, ni en un egoísmo ligeramente ampliado a nuestra familia, amigos y allegados.  Pero el mero hecho de respetar a los demás, no infligirles sufrimientos innecesarios, dejarlos perseguir en paz su felicidad, ser tolerante, aceptar su originalidad, ya constituye una contribución muy importante a la felicidad general. 


Tampoco podemos prescindir de cierta dosis de altruismo.  No puedo procurar mi propia felicidad, si con ello causo dolor y sufrimientos a los demás.  Su sufrimiento me acabaría amenazando o contagiando y ya no podría ser feliz. Mill tiene razón al decir que el egoísmo es inconducente.  Necesito que las personas a mi alrededor sean también felices, para disfrutar juntos de la vida.  No puedo ser feliz en una isla, rodeada de infelicidad general.  El altruismo es egoísmo bien entendido. 


Ni siquiera podemos ignorar a las personas más lejanas.  En este mundo globalizado, no podemos ignorar lo que le pasa a los demás; es imposible aislarse.  Nuestro destino es común; estamos todos en el mismo barco; el sufrimiento de unos acaba repercutiendo en los demás.  Por eso hemos de pensar en la “felicidad general”.  Tanto los problemas ecológicos, como los problemas políticos y los problemas económicos, son globales.  El cambio climático, la destrucción de la naturaleza, la crisis, nos afecta a todos. La miseria del tercer mundo parte el corazón y, además, provoca una inmigración caótica. Y no podemos solucionar los problemas si no es de una forma global.

 
En definitiva, pienso que, aún sin obsesionarse en hacer en cada instante la acción que más contribuye a la felicidad general, sí conviene tener en cuenta la felicidad general, comenzando por el bienestar de las personas más próximas, siguiendo con la defensa de la naturaleza y la búsqueda de la justicia social.

 
  1. POSICIÓN A LA CONTRA –DE CORTE NIETZSCHEANO

De entrada, parece fácil estar de acuerdo con la idea de que estoy moralmente obligado a elegir aquella acción que contribuya a la felicidad general.  Parece natural que la moralidad consista en pensar en los demás y no únicamente en uno mismo.  No debo elegir aquella acción que podría hacerme feliz a costa de la infelicidad de los demás.  He de tomar en cuenta siempre a los demás, etc., etc.

Ahora bien, ¿por qué he de preferir la felicidad general por encima de mi propia felicidad?  Esta frase cree que no hay contradicción entre la felicidad personal y la felicidad general. Es milliana. Mill  piensa que el egoísmo no puede conducir a la felicidad y elabora un utilitarismo altruista.  Cree que es más fácil ser feliz, pensando en los demás que en uno mismo.  Pienso que eso no es más que retórica.  El conflicto entre “mi felicidad” y “la felicidad general” es a menudo inevitable.  Supuestamente Mill rechaza la ética de renuncia y de sacrificio de Carlyle, pero en el fondo su ética es una ética de sacrificio.  No se pueden limar los conflictos y las asperezas entre los intereses propios y los intereses ajenos.  Mi felicidad, la felicidad de los míos (mi familia, mis amigos) me es esencial.  Su felicidad recae sobre mí; la necesito.  Pero sería una hipocresía de mi parte decir que “la felicidad general” me importa.  Si la moral exige que elija la ‘felicidad general’, tal vez obedezca.  Pero, sin duda, será por deber y no por altruismo empalagoso.

Me parece más interesante la crítica de Nietzsche a todos los moralismos, de los cuales forma parte la ética utilitarista de Mill.  La ética de Mill y todos los altruismos son una moral de esclavos, de personas que no se atreven a afirmar su voluntad de poder, su voluntad de crecer, de triunfar, de decir sí a la vida.  Son éticas que rehúyen el conflicto, no reconocne que el egoísmo es natural.  La ética de Mill parece hedonista; pero en el fondo niega la vida, invita a negarse, a borrarse, ante el otro.  Es un falso hedonismo.  En nombre de la “felicidad general” exige el sacrificio del la felicidad propia.   No es sorprendente que Mill estuviera de acuerdo con muchas afirmaciones de la moral cristiana.  En el fondo, lo mismo da decir “ama a tu prójimo como a ti mismo”, que decir, “estás obligado a promover la felicidad general”.  En el fondo el utilitarismo, igual que la moral cristiana, es una ética decadente.


Creo, con Nietzsche, que cada individuo debe inventar su propia virtud, sus propios valores, sin sacrificarlos al monstruo abstracto de “la felicidad general”.  Lo único realmente valioso de la ética de Mill es su defensa de la libertad, su rechazo de la injerencia en asuntos privados y su rechazo del moralismo coercitivo.  Por lo demás, es tan coercitiva y mortífera como las demás éticas decadentes.

  1. Redacción con KANT

De entrada parece excesivo tener que pensar en la felicidad, tanto propia como la de los demás.  Basta con respetar al otro.  ¿Acaso hace falta, además, que los hagamos felices? Algunas veces pienso que la felicidad propia o incluso la de los demás no importa.  Lo que importa es hacer lo que toca o, como diría Kant, cumplir con el deber, me guste o no me guste, les plazca a los demás o no.  Parece que tenga razón más bien Kant.

No obstante, si se analiza la cuestión a fondo, Mill tiene razón. 


En primer lugar, no hay que pensar el término felicidad como un estado de placer exaltado.  La felicidad es simplemente una existencia con pocos dolores pasajeros y momentos de placer, libertad, dignidad.  Promover la felicidad general quiere decir no infligir dolores innecesarios, permitir que los demás libremente persigan sus fines, si no perjudican a los demás.

En segundo lugar, cuando trato al otro como fin y no como medio, como exige Kant que lo haga, en el fondo no lo hago por una razón fría y calculadora, como cree Kant, sino porque reconozco que él también tiene derecho a la felicidad.  Uso la humanidad en el otro y en mí como un fin y no como un medio, como dice Kant, para no verlo sufrir y no sufrir yo mismo.  Porque el sufrimiento de cualquier ser humano (incluso de uno que me cae mal) me resulta desagradable y me hace sentir infeliz.

Cuando actúo, debo pensar no solamente en mi propia felicidad, sino también en la felicidad de los demás, es decir, la felicidad general.  No puedo procurar mi propia felicidad, si con ello causo dolor y sufrimientos a los demás.  No porque vaya a sentir remordimientos, sino porque su sufrimiento acabaría agobiándome y ya no podría ser feliz. Mill tiene razón al decir que el egoísmo es inconducente.  Necesito que las personas a mi alrededor sean también felices, para disfrutar juntos de la vida.  No puedo ser feliz en el aislamiento y la soledad.  El altruismo es egoísmo bien entendido. 

Ni siquiera puedo ignorar a las personas más lejanas.  En este mundo globalizado, no podemos ignorar lo que le pasa a los demás; es imposible aislarse.  Nuestro destino es común; estamos todos en el mismo barco; el sufrimiento de unos acaba repercutiendo en los demás.  Por eso hemos de pensar en la “felicidad general”.  Tanto los problemas ecológicos, como los problemas políticos y los problemas económicos, son globales.  El cambio climático, la destrucción de la naturaleza, la crisis nos afecta a todos. La miseria del tercer mundo provoca la inmigración caótica. Y no podemos solucionar los problemas si no es de una forma global.

En definitiva, no hay una contradicción en la práctica entre la ética del deber y la ética utilitarista. Estoy moralmente obligado a promover la felicidad general y no únicamente la mía propia, porque, como dice Terencio, humano soy y nada humano me es ajeno.  En un planeta globalizado y siendo yo una persona mínimamente dotado de empatía hacia mis semejantes, la búsqueda de mi propia felicidad me obliga a promover la felicidad general.

 

 

PAU 2006


“Aunque la sociedad no se base en un contrato, y aunque nada se gane inventándose uno para deducir de él las obligaciones sociales, todos los que reciben la protección de la sociedad le deben algo como contrapartida del beneficio recibido, y el hecho de vivir en sociedad hace necesario que cada uno se vea obligado a observar cierta línea de conducta respecto a los demás. Esta conducta consiste, en primer lugar, en no perjudicar los intereses de los otros, o mejor dicho, ciertos intereses que, por disposición legal o consentimiento tácito, deben ser considerados derechos; y, en segundo lugar, en que cada uno soporte la carga que le corresponda (fijada según un principio de equidad) de los trabajos y sacrificios exigidos por la defensa de la sociedad o sus miembros de ofensas y vejaciones. La sociedad está justificada en la imposición de estas condiciones, a cualquier precio, a aquellos que preferirían incumplirlas. […] Sin embargo, no hay motivo para plantear esta cuestión cuando la conducta de una persona no afecta al interés de ninguna otra persona, o cuando no puede afectar al interés de aquellos que no quieren ser afectados (bajo el supuesto de que las personas interesadas son todas ellas adultas y de un grado normal de entendimiento). En todos estos casos, el individuo debería tener una perfecta libertad, social y legal, para realizar la acción y atenerse a las consecuencias.”

MILL, Sobre la libertad, IV

 

1. Explique brevemente –alrededor de 40-80 palabras– las ideas principales del texto y cómo aparecen relacionadas en el mismo. [2 puntos]

 

En este fragmento de Sobre la libertad, Mill plantea el problema de los derechos versus los deberes del individuo. 

Mill señala, en primer lugar, que no existe el contrato social, como pensaban Locke y los demás filósofos contractualistas del siglo XVIII. Es decir, los derechos y deberes del individuo no están basados en un acuerdo mutuo, sino que son originarios.

La idea principal del texto es que el individuo tiene una serie de derechos y deberes mínimos.  Mill señala dos  deberes: a) no perjudicar a los demás individuos (b) proteger la sociedad. Por otro lado, Mill señala un derecho básico: el individuo tiene pleno derecho a la libertad, mientras cumpla con sus deberes mínimos.

Mill es un defensor de la libertad y el individualismo.

(134 palabras)

 

2. Explique brevemente el significado, en el texto, de las palabras o expresiones siguientes –alrededor de 5-15 palabras en cada caso. [1 punto]


a) «contrato»   supuesto pacto mediante el cual los hombres en estado natural se reúnen y otorgan poder a un gobierno y pasan al estado civil


b) «libertad legal» : derecho, protegido por la ley, a obrar como le dé la gana, mientras no afecte a los demás.
 

3. ¿Por qué dice Mill que cuando la conducta de alguien no afecta a los intereses de los demás «debería tener una perfecta libertad, social y legal, para realizar la acción»? (En su respuesta, deberá referirse a los aspectos del pensamiento de Mill que sean pertinentes, aunque no aparezcan explícitamente en este texto.) [3 puntos]

La ética de J. S. Mill es una vibrante defensa de la libertad del individuo, una apasionada apología de la tolerancia y el respeto hacia el prójimo, una audaz reivindicación de la espontaneidad y la singularidad humanas. 

En este texto de su obra Sobre la libertad, Mill plantea el problema de hasta dónde puede llegar la libertad del individuo y hasta dónde la sociedad puede ejercer su autoridad sobre él.  El mero hecho de vivir en sociedad implica una serie de deberes para el individuo: (1) el deber de no perjudicar los intereses de los demás; (2) el deber de participar en la protección de la sociedad. La libertad del individuo tiene estos dos límites, que son los derechos de los demás.  Ahora bien, si su comportamiento, sea cual sea, no perjudica los intereses de los demás, ni viola sus derechos, el individuo es totalmente libre de actuar como quiera. 

Este principio tan sencillo de la libertad personal no es, sin embargo, compartido por todas las personas.  Algunas piensan que tienen el deber de inmiscuirse en el comportamiento de los demás y obligarles a la virtud. No reconocen la libertad social del individuo.  Mill piensa, en cambio que nadie tiene derecho a decir a otra persona lo que tiene que hacer.  Al fin y al cabo, cada persona desea su propio bienestar y conoce bien sus propias circunstancias.  Los demás no pueden tener más que un interés indirecto.  A menudo su injerencia se basa en la ignorancia. Para Mill, el individuo tiene derecho a la “espontaneidad”, a actuar a partir de sí mismo y no de lo que digan los demás, si lo que hace no les afecta.  Los demás pueden darle consejos y advertencias; pero quien toma, en última instancia, la decisión de obrar de una manera o de otra es el propio individuo.  “Él mismo ha de ser el juez supremo.”  Aunque pueda cometer errores, estos errores no serían tan negativos como la pérdida de la libertad que padecería, si estuviera sometido a los demás. El individuo libre está sometido inevitablemente al juicio de los demás, que pueden juzgarlo virtuoso o inmoral, sabio o necio.  Pero no tiene por qué estar sometido a su dictadura. 

En cambio los actos perjudiciales para los demás requieren un tratamiento totalmente diferente, dice Mill; justifican la injerencia de los demás y eventualmente el castigo.  Mill entiende de una forma amplia el concepto de “actos perjudiciales”.  ¿Qué actos son “perjudiciales”?  La violación de los derechos de los demás, el acto de infligir una pérdida o daño sin que sea en defensa propia, el uso ilícito de ventajas e incluso la abstención egoísta de defender a los demás contra el mal. 

Mill da algunos ejemplos, como la libertad de tomar alcohol (“licores fermentados”) mientras el individuo no hago dejación de sus obligaciones y no se meta con los demás o la poligamia de los mormones que finalmente tienen derecho a decidir sus reglas de matrimonio si no obligan a los demás a ser también polígamos.

En definitiva, Mill defiende el principio de la máxima libertad, de la no injerencia en asuntos privados y rechaza el moralismo coercitivo, es decir, la dictadura moral y la intolerancia.  Hace la apología de la tolerancia y el respeto profundo por la libertad del individuo.  La sociedad debe asegurar la libertad del individuo incluso con la fuerza de las leyes.

 

4. Compare la concepción de Mill de la relación entre individuo y sociedad con otra concepción de esta relación que pueda encontrarse en la historia del pensamiento.

[2 puntos]

 
PLATÓN plantea una relación de sometimiento total del individuo a la sociedad.  La sociedad ideal debe estar dividida en tres clases….  Y cada individuo debe pertenecer a la clase que le corresponda según el tipo de alma que posea ………….  Platón  ha sido considerado por muchos (por ejemplo, Popper) como un autor totalitario.  El individuo es clasificado en categorías como su alma (mito de los metales…) y encerrado en una clase social como ganado…  En cambio:


MILL plantea una relación laxa entre el individuo y la sociedad.  El individuo debe tener máxima libertad a la hora de actuar.  Si lo que hace no afecta a los demás, puede hacer lo que le venga en gana…  Mill define sólo una ética mínima….  El individuo debe respetar la libertad de los demás y contribuir a la defensa de la sociedad…  Por lo demás….  Tiene derecho a la extravagancia, la singularidad, la espontaneidad…

 

COMPARACIÓN En definitiva, Platón y Mill plantean la relación entre individuo y sociedad de una forma radicalmente diferente… 

 
-          Platón defiende la dictadura de la sociedad sobre el individuo, en cambio Mill defiende la máxima libertad del individuo… tanto a nivel moral como a nivel legal. 

-          Por eso la ética de Platón desemboca en una dictadura de los filósofos y una sociedad cerrada; en cambio la ética de Mill desemboca en una política democrática y una sociedad abierta, con libertad de conciencia y libertad de expresión. 

-          Platón piensa que hay un Bien en sí y que los que lo contemplen (los filósofos) tienen el derecho de imponer un comportamiento acorde a ese Bien a los individuos de las demás clases que no lo contemplan.  En cambio Mill no piensa que hay un Bien en sí, sino comportamientos que más o menos favorecen la felicidad de la mayoría.  Mill piensa que por mucho que la sociedad esté convencida de la bondad de un comportamiento no tiene derecho de imponérselo a nadie.  El individuo tiene derecho a equivocarse o elegir sus propias opciones vitales…  Él es el juez que puede decidir qué comportamiento le produce más felicidad.


5. Supongamos una acción que sólo puede afectar a dos personas que son adultas y que libremente están de acuerdo con ella. ¿Cree que Mill tiene razón cuando afirma que, en tal caso, la sociedad no debe intervenir? Razone la respuesta. [2 puntos]

 
La afirmación de Mill es una afirmación arriesgada.  Sin duda la libertad es muy importante, es un valor fundamental.  No hay duda de que la sociedad debe dejar lo más libres posibles a las personas.  Por ejemplo, en el plano de la sexualidad, es obvio que una sociedad debe dejar libre a dos personas adultas hacer lo que quieran.  Pero en cuanto salimos de este plano, prácticamente todas las acciones involucran a más personas.  Por ejemplo, si dos personas adultas hacen un contrato y una de ellas trabaja para la otra cobrando menos del salario mínimo, ¿la sociedad acaso no debe intervenir?  Pienso que sí debe hacerlo, porque si no, la explotación no tendría límites…  La pobreza llevaría a las personas más desprotegidas a consentir situaciones laborales indignas.  Si dos personas adultas se ponen de acuerdo para realizar la eutanasia a una de ellos, ¿la sociedad acaso no debe intervenir?  Pienso que sí debe hacerlo, porque la sociedad debe asegurarse de que no se trata de un mero asesinato, sino de una eutanasia de verdad. Debe garantizar al enfermo terminal la posibilidad de recibir cuidados terminales seguros.  Si dos personas adultas libremente deciden comerciar con drogas, ¿la sociedad acaso no debe intervenir?  Pienso que sí debe hacerlo, porque aunque no sea inmediatamente, tarde o temprano el consumo acabará afectando a la sociedad en su conjunto.

En definitiva, pienso que la libertad es un valor fundamental y que debe ser defendida.  No obstante, hay que tener cuidado en no crear burbujas fuera de la ley y el control social, donde puedan cometerse las peores atrocidades en nombre de la libertad.

 

 

 

Ideas principales - Mill

 
 
“En la conducta de unos seres humanos respecto de otros es necesaria la observancia de reglas generales, a fin de que cada uno sepa lo que debe esperar; pero en lo que concierne propiamente a cada persona, su espontaneidad individual tiene derecho a ejercerse libremente. Consideraciones que ayuden a su juicio, exhortaciones que fortalezcan su voluntad, pueden ser ofrecidas y aun impuestas por los demás; pero él mismo ha de ser el juez supremo. Todos los errores que pueda cometer aun contra ese consejo y advertencias, están compensados con creces por el mal de permitir que los demás le impongan lo que ellos consideran beneficioso para él.”
 
                                                           J. S. MILL, Sobre la libertad, IV  
 
 
En este texto Mill defiende la libertad del individuo y su derecho a la singularidad.  El individuo es quien tiene derecho de decisión en todos aquellos actos que no afectan, ni perjudican a los demás.  La sociedad sólo puede sugerirle opciones; pero no debe coartar su libertad.  Debe tolerar  que el individuo cometa un error -un mal menor en comparación con el mal mayor que sería coartar su libertad. (69)
 
 
 
“La distinción entre el descrédito en el cual una persona puede justamente incurrir por falta de prudencia o de dignidad personal, y la reprobación que merece por una ofensa contra los derechos de otro, no es una distinción meramente nominal. Diferirán mucho, tanto nuestros sentimientos como nuestra conducta hacia ella, según que nos desagrade en cosas en las cuales consideramos que no existe el derecho de intervenir, o en cosas en las cuales sabemos que nos falta ese derecho. Si una persona nos disgusta podemos expresar nuestra antipatía y mantenernos alejados de ella como de una cosa que nos desagrada; pero por esto no nos sentiremos llamados a perturbar su vida. Debemos reflexionar que ya soporta, o soportará, toda la penalidad de su error; que ella arruine su vida por una conducta equivocada no es razón para que nosotros deseemos extremar más todavía su ruina: en lugar de desear su castigo, debemos más bien tratar de aliviárselo mostrándole cómo puede evitar o curar los males que su conducta le acarrea. Esta persona puede ser para nosotros objeto de piedad, quizá de aversión, pero no de irritación o resentimiento; no la trataremos como un enemigo de la sociedad; lo peor que nosotros mismos nos creeremos justificados a hacer con ella será abandonarla a sí misma, ya que no acercamos benévolamente mostrando interés y solicitud. Muy otra cosa sería si esa persona hubiera infringido las reglas necesarias para la protección de sus semejantes, individual o colectivamente. Las malas consecuencias de sus actos no reaccionan sobre él mismo, sino sobre los demás, y la sociedad, como protectora de todos sus miembros, debe resarcirse con él, infligiéndole una pena con deliberado propósito de castigo y cuidando de que sea suficientemente severa. En este caso es un culpable compareciendo ante nuestro tribunal, y nosotros somos los llamados no sólo a juzgarle sino a ejecutar de una u otra manera nuestra propia sentencia; en el otro caso no nos corresponde infligirle ningún sufrimiento, excepto aquellos que puedan incidentalmente derivarse del uso que hagamos, en la regulación de nuestros propios negocios, de la libertad misma que a él le concedemos en los suyos.”
 
                                                                   J. S. MILL, Sobre la libertad, IV  
 
 
 
En este texto Mill defiende el valor de la libertad, pero señala también sus límites.
Si un individuo se comporta de una manera indigna, en el ámbito privado, es decir, sin perjudicar a los demás, la sociedad sólo tiene derecho a expresar su antipatía, pero no a coartar su libertad.  En cambio si se comporta de una manera indigna y que además afecta a los demás, por ejemplo incumple su deber de proteger a otros miembros de la sociedad, entonces la sociedad sí debe castigarle. (85)
 
“Admito plenamente que el mal que una persona se cause a sí misma puede afectar seriamente, a través de sus simpatías y de sus intereses, a aquellos estrechamente relacionados con ella, y en un menor grado, a la sociedad en general. Cuando por una conducta semejante una persona llega a violar una obligación precisa y determinada hacia otra u otras personas, el caso deja de ser personal y queda sujeto a la desaprobación moral en el más propio sentido del término. Si, por ejemplo, un hombre se hace incapaz de pagar sus deudas a causa de su intemperancia o extravagancia, o habiendo contraído la responsabilidad moral de una familia, llega a ser, por la misma causa, incapaz de mantenerla o educarla, será merecidamente reprobado y puede ser justamente castigado; pero lo será por el incumplimiento de sus deberes hacia su familia o sus acreedores, no por la extravagancia.”
 
                                                                   J. S. MILL, Sobre la libertad, IV  
 
 
 
En este texto, Mill señala los límites de la libertad, pero reivindica el derecho del individuo a la diferencia.  Cuando una persona se perjudica a sí misma puede perjudicar a las personas de su entorno.  Si deja de cumplir con sus obligaciones hacia los demás (no pagar sus deudas o no cuidar de su familia) entonces la sociedad debe intervenir. Pero no por vivir de una forma diferente, sino por perjudicar a los demás. (74)
 
 
 
“No puedo contenerme de agregar a estos ejemplos del poco respeto que de ordinario se tiene por la libertad humana, el lenguaje de injusta persecución que emplea la prensa de este país, siempre que se siente llamada a ocuparse del notable fenómeno del mormonismo. (…) Lo que nos interesa aquí es que esa religión, como otras mejores, tiene sus mártires; que su profeta y fundador fue condenado a muerte por un populacho a causa de sus predicaciones; que otros de sus partidarios perdieron sus vidas por la misma injusta violencia; que fueron arrojados por la fuerza, en masa, del país que les vio nacer; mientras ahora, después de haber sido lanzados a un lugar solitario, en medio de un desierto, muchos en este país declaran sin embozo que sería justo (si bien no sería conveniente) enviar una expedición contra ellos para obligarles por la fuerza a conformarse con las opiniones de la demás gente. El artículo de la doctrina mormónica, causa principal de esta antipatía que así rompe las restricciones propias de la tolerancia religiosa, es el que sanciona la poligamia, la cual, aunque se permita a los mahometanos, los indios y los chinos, parece excitar implacable animosidad cuando se practica por personas que hablan inglés y pretenden ser una especie de cristianos. Nadie desaprueba más profundamente que yo esta institución mormónica; aparte de otras razones, porque lejos de estar en algún modo apoyada por el principio de la libertad, es una directa infracción de este principio, en cuanto no hace sino remachar las cadenas de una mitad de la comunidad, emancipando a la otra de toda reciprocidad de obligaciones hacia ella. No obstante, debe recordarse que esta relación es tan voluntaria para las mujeres, que parecen ser sus víctimas, como cualquier otra forma de institución matrimonial (…) En tanto que las víctimas de la ley mala no invoquen la asistencia de otras comunidades, no puedo admitir que personas enteramente sin relación con ellas, deban intervenir y requerir que cese y termine un estado de cosas con el cual parecen satisfechos todos los que están directamente interesados en él, porque constituya un escándalo para personas extrañas que viven a miles de millas de distancia.”
 
                                                                   J. S. MILL, Sobre la libertad, IV  
 
 
En este fragmento, Mill hace una crítica de la sociedad de su época por no respetar la libertad de los individuos y por su falta de tolerancia.  Da el ejemplo de la secta religiosa de los mormones que han elegido ser polígamos.  Su poligamia ha de ser respetada, si todos los que la practican han elegido esta costumbre y parecen satisfechas.  La sociedad no tiene derecho a coartar su libertad, para imponer sus propias opiniones en un asunto que no le afecta.
 
 
 
“Quien quiera que suponga que esta preferencia [por los placeres de las facultades más elevadas] tiene lugar al precio de sacrificar la felicidad –que el ser superior es, en igualdad de circunstancias, menos feliz que el inferior– confunde los dos conceptos totalmente distintos de felicidad y contento.  Es indiscutible que el ser cuyas capacidades de goce son pequeñas tiene más oportunidades de satisfacerlas plenamente; por el contario, un ser muy bien dotado siempre considerará que cualquier felicidad que pueda alcanzar, tal como el mundo está constituido, es imperfecta.  Pero puede aprender a soportar sus imperfecciones, si son en algún sentido soportables.  Imperfecciones que no le harán envidiar al ser que, de hecho, no es consciente de ellas, simplemente porque no experimenta en absoluto el bien que hace que existan imperfecciones.  Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser un Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho.  Y si el necio o el cerdo opinan de un modo distinto es a causa de que ellos sólo conocen una cara de la cuestión.  El otro miembro de la comparación conoce ambas caras.”
 
                                                                   J. S. MILL, El utilitarismo, II  
 
 
 
En este fragmento del Utilitarismo, Mill defiende el mayor valor de los placeres mentales sobre los placeres físicos.  Los físicos sólo proporcionan contento; en cambio los mentales proporcionan felicidad, aunque sean más difíciles de satisfacer y produzcan cierta insatisfacción, cierta sensación de imperfección por generar ideales elevados.  Esta prioridad dada a los placeres intelectuales está basada en la experiencia. Los que  han experimentado ambos prefieren los mentales.  (67)
 
 
 
                                                
“Los hombres, a menudo, debido a la debilidad de carácter eligen el bien más próximo, aunque saben que es el menos valioso, y esto no sólo cuando se trata de elegir entre un placer corporal y otro mental, sino también cuando hay que hacerlo entre dos placeres corporales.   Incurren en indulgencias sensuales que menoscaban la salud, aun sabiendo perfectamente que la salud es un bien preferible a aquellas indulgencias.  También puede objetarse que muchos que al principio muestran un entusiasmo juvenil por todo lo noble, a medida que adquieren más edad se dejan sumir en la indolencia y el egoísmo.  Sin embargo, yo no creo que aquellos que experimentan este cambio, muy habitual, elijan voluntariamente los placeres inferiores con preferencia a los más elevados.  Considero que antes de dedicarse exclusivamente a los primeros han perdido la capacidad para los segundos.  La capacidad para los sentimientos más nobles es, en la mayoría de los seres, una planta muy tierna, que muere con facilidad, no sólo a causa de influencias hostiles sino por la simple carencia de sustento; y en la mayoría de las personas jóvenes se desvanece rápidamente cuando las ocupaciones a que les ha llevado su posición en la vida o en la sociedad en la que se han visto arrojados no han favorecido el que mantengan en ejercicio esa capacidad más elevada.  Los hombres pierden sus aspiraciones más elevadas al igual que pierden sus gustos intelectuales, por no tener tiempo ni oportunidad de dedicarse a ellos.  Se aficionan a placeres inferiores no porque los prefieran deliberadamente, sino porque o ya bien son los únicos a los que tienen acceso, o bien los únicos para los que les queda capacidad de goce.” 
 
                                                                    J. S. MILL, El utilitarismo, II  
 
En este fragmento del Utilitarismo, Mill distingue entre placeres bajos y placeres elevados y explica por qué muchos hombres suelen preferir los placeres bajos, aunque hayan probado los elevados. No lo hacen adrede. Este error no se debe a que los placeres más bajos sean mejores, sino al hecho de que la capacidad de disfrutar de placeres elevados es frágil. Si la sociedad no favorece esta capacidad, si las personas no tienen acceso a esos placeres elevados, difícilmente pueden conservar la capacidad de disfrutar de placeres del intelecto, de la imaginación, del sentimiento o la moralidad. (96)
 
 
 
“Conforme al Principio de la Mayor Felicidad, tal como se explicó anteriormente, el fin último, con relación al cual y por el cual todas las demás cosas son deseables (ya estemos considerando nuestro propio bien o el de los demás), es una existencia libre, en la medida de lo posible, de dolor y tan rica como sea posible en goces, tanto por lo que respecta a la cantidad como a la calidad, constituyendo el criterio de la calidad y la regla para compararla con la cantidad, la preferencia experimentada por aquellos que, en sus oportunidades de experiencia (a lo que debe añadirse su hábito de auto-reflexión y auto-observación), están mejor dotados de los medios que permiten la comparación.  Puesto que dicho criterio es, de acuerdo con la opinión utilitarista, el fin de la acción humana, también constituye necesariamente el criterio de la moralidad, que puede definirse, por consiguiente, como las ‘reglas y preceptos de la conducta humana’ mediante la observación de los cuales podrá asegurarse una existencia tal como se ha descrito, en la mayor medida posible, a todos los hombres.  Y no solo a ellos, sino, en tanto en cuanto la naturaleza de las cosas lo permita, a las criaturas sintientes en su totalidad.”
 
                                                                      J. S. MILL, El utilitarismo, II  
 
 
 
En este texto Mill enuncia cuál es el fin de la vida y cuál es el principio fundamental del utilitarismo. El fin es la felicidad entendida como una vida con muchos placeres y pocos dolores, sobre todo con placeres mentales, como se verifica en la experiencia. Por lo tanto el utilitarismo afirma que el criterio para decidir si un acto es bueno o malo es el principio de máxima felicidad.  Es buena aquel comportamiento que contribuye a una mayor felicidad, de todas los seres humanos, e incluso los animales.
 
 
 
“Debo repetir nuevamente que los detractores del utilitarismo raras veces le hacen justicia y reconocen que la felicidad que constituye el criterio utilitarista de lo que es correcto en una conducta no es la propia felicidad del agente, sino la de todos los afectados.  Entre la felicidad personal del agente y la de los demás, el utilitarista obliga a aquél a ser tan estrictamente imparcial como un espectador desinteresado y benevolente.  En la regla de oro de Jesús de Nazaret encontramos todo el espíritu de la ética de la utilidad : ‘Compórtate con los demás como quieras que los demás se comporten contigo’ y ‘Amar al prójimo como a ti mismo’ constituyen la perfección ideal de la moral utilitarista.  Como medio para alcanzar más aproximadamente este ideal, la utilidad recomendará, en primer término, que las leyes y organizaciones sociales armonicen en lo posible la felicidad o (como en términos prácticos podrían denominarse) los intereses de cada individuo con los intereses del conjunto.  En segundo lugar, que la educación y la opinión pública, que tienen un poder tan grande en la formación humana, utilicen de tal modo ese poder que establezcan en la mente de todo individuo una asociación indisoluble entre su propia felicidad y el bien del conjunto, especialmente entre su propia felicidad y la práctica de los modos de conducta negativos y positivos que la felicidad prescribe; de tal modo que no sólo no pueda concebir la felicidad propia en la conducta que se oponga al bien general, sino también de forma que en todos los individuos el impulso directo de mejorar el bien general se convierta en uno de los motivos habituales de la acción y que los sentimientos que se conecten con este impulso ocupen un lugar importante y destacado en al experiencia sintiente de todo ser humano.”
 
                                                                        J. S. MILL, El utilitarismo, II  
 
 
 
 
En este texto Mill defiende el utilitarismo altruista.  El criterio utilitarista de buscar la máxima felicidad quiere decir que el individuo no debe ser egoísta y aumentar únicamente su propia felicidad, sino asociar su felicidad a la de los demás, tal como aconseja la ética cristiana. Esta es la tarea de la educación, la opinión pública y la legislación política: armonizar el bienestar individual con el social, es decir, que la felicidad de unos no se base en la infelicidad de otros.
 
 
 
“Ahora bien, resulta palmario que las personas sí desean cosas que, en el lenguaje ordinario, se distinguen claramente de la felicidad.  Por ejemplo, desean la virtud y la ausencia del vicio con no menor fuerza, realmente, que desean el placer y la ausencia del dolor.  El deseo de la virtud no es tan universal, pero es un hecho tan real como el deseo de la felicidad.  De ahí que los que se oponen al criterio utilitarista estimen que tienen derecho a inferir que existen otros fines de las acciones humanas además de la felicidad, y que la felicidad no es el criterio de aprobación y desaprobación.
 
Sin embargo, ¿niega la doctrina utilitarista que la gente desee la virtud, o mantiene que la virtud no es algo que haya de ser deseado?  Todo lo contrario.   Mantiene no solamente que la virtud ha de ser deseada, sino que ha de ser deseada desinteresadamente, por sí misma.  Sea cual sea la opinión de los moralistas utilitaristas con relación a las condiciones originales que hacen que la virtud devenga virtud, y por más que puedan considerar (como, de hecho, ocurre) que las acciones y disposiciones son solamente virtuosas debido a que promocionan algún otro fin que la virtud, con todo, admitido esto, y habiéndose decidido –teniendo en cuenta estas consideraciones– lo que es virtuoso, no sólo colocan la virtud a la cabeza misma de las cosas que son buenas como medios para el fin último, sino que también reconocen como hecho psicológico la posibilidad de que constituya, para el individuo, un bien en sí mismo, sin buscar ningún otro fin más allá de él.
 
(…) Esto no significa, en el mínimo grado, un abandono del principio de la Felicidad. Los ingredientes de la felicidad son muy variados y cada uno de ellos es deseable en sí mismo, y no simplemente cuando se le considera como parte de un agregado.  El principio de la Utilidad no significa que cualquier placer determinado, como por ejemplo la música, o cualquier liberación del dolor, como por ejemplo la salud, hayan de ser considerados como medios para un algo colectivo denominado Felicidad y han de ser deseados por tal motivo.  Son deseados y deseables en y por sí mismos.  Además de ser medios, son parte del fin.  La virtud, conforme con la doctrina utilitarista, no es natural y originariamente parte del fin, pero es susceptible de llegar a serlo.  En aquellos que la aman desinteresadamente  lo es, deseándola y apreciándola no como medio para la felicidad, sino como parte de su felicidad.”
 
                                                                          J. S. MILL, El utilitarismo, IV
 
 
 
Mill discute en este fragmento del Utilitarismo si hay otros fines independientes de la felicidad, objetivos que sean más deseados.  Sí los hay, como, por ejemplo, la virtud o la música. Mill acepta que la virtud no es solo un medio para obtener la felicidad, sino que es un fin en sí.  Pero no es independiente de la felicidad sino que es un “ingrediente” o  una “parte” de la felicidad.  La felicidad, por lo tanto, no es algo abstracto y separado de los objetivos  que dan sentido a la vida.  Es un conglomerado de fines cuyo logro produce felicidad.
 
 
 
 
 
“Contamos ahora, pues, con una respuesta a la pregunta relativa a qué tipo de prueba puede someterse el principio de la utilidad.  Si la opinión que he manifestado ahora es psicológicamente verdadera –si la naturaleza humana está constituida de tal forma que no desea nada que no sea ya bien una parte de la felicidad o un medio para la felicidad– no podemos contar con ninguna otra prueba, y no necesitamos otra, con relación a que éstas son las únicas cosas deseables.  De ser así, la felicidad es el único fin de la acción humana; de donde se sigue necesariamente que debe constituir el criterio de la moralidad, ya que la parte está incluida en el todo.  Ahora bien, decidir si esto es efectivamente así, si la humanidad en realidad no desea nada por sí mismo sino lo que le produce placer, o aquello de cuya ausencia se deriva dolor, constituye una cuestión fáctica del mundo de la experiencia que depende, al igual que todas las cuestiones semejantes, de los testimonios con los que contemos.  Sólo puede ser resuelta mediante la práctica de la auto-conciencia y la auto-observación, asistidas por la observación de los demás.”
                                                                         
  J. S. MILL, El utilitarismo, IV 
 
 
 
Mill hace en este fragmento, una descripción psicológica del objetivo de la vida humana y, en segundo lugar, deduce de ella el criterio para decidir si un acto es bueno o no.  El fin de la acción humana es la felicidad, parte de la felicidad o lo que es un medio para alcanzar la felicidad.  Esta idea se extrae, según Mill, de la experiencia: acudiendo a la observación de uno mismo y de los demás. De allí, Mill deduce que ha de ser considerado como bueno, lo útil, es decir, aquel comportamiento que fomenta la felicidad de los hombres.
 
 
 
“Dejemos de pensar en la persona que se ha formado una voluntad determinada de obrar correctamente, y tomemos en consideración aquella en la que la voluntad virtuosa es todavía endeble, sujeta a tentaciones, y en la que no podamos confiar por completo. ¿Con qué medios puede ser fortalecida?  ¿Cómo puede implantarse o despertarse la voluntad de ser virtuoso allí donde no cuenta con fuerza suficiente?  Sólo consiguiendo que la persona en cuestión desee (desire) la virtud, haciendo que la contemple como algo placentero, o que vea su carencia como algo doloroso.  Sólo se consigue impulsar a tal voluntad (will) a ser virtuosa asociando la actuación debida con el placer y la indebida con el dolor, y destacando, trayendo a primer plano, el placer; haciendo que la persona experimente el placer que está naturalmente implicado en lo uno, y el dolor que conlleva lo otro.  Voluntad que, una vez así asentada, actuará, a partir de entonces, sin tener que tomar en consideración ni el placer ni el dolor.  La voluntad es hija del deseo, y abandona el dominio de su progenitor sólo para pasar a depender del hábito.  Aquello que resulta del hábito no abandona el presupuesto de que sea intrínsecamente bueno.  Por ello no habría razón para desear que el fin de la virtud estuviese disociado del placer y el dolor, si no fuese a causa de que la influencia de las asociaciones con el placer y el dolor que impulsan a la virtud no es suficiente para garantizar la segura constancia de la acción en ausencia del apoyo del hábito.  Tanto con relación a los sentimientos como a la conducta, el hábito es lo único que proporciona seguridad.”
 
                                                                                                              J. S. MILL, El utilitarismo, IV 
 
 
En este fragmento del Utilitarismo, Mill plantea el tema de la moralización del individuo.  ¿Cómo hacer que una persona sea moral, altruista y piense en la felicidad general? Despertando en él el placer de ser virtuoso, responde Mill. Pero el deseo de hacer que todos sean felices no es suficientemente sólido por sí solo.  Es necesario que la persona adquiera, además, el hábito de comportarse de manera bondadosa y altruista.